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AVES, LEYENDA Y CHAMAME. En la soledad del lamento, el Crespín

En la poesía, en la construcción del chamamé, ahí encontramos a esta ave del norte argentino. Es una oportunidad para brindar por la obra de Héctor Chávez y Heraclio Pérez. También en estas líneas conocemos la leyenda del Crespín.

 

El crespín (Tapera naevia) mide 28 centímetros. Es llamativo por su copete oscuro. Tiene la cola larga y escalonada. Su coloración general es ocrácea. Ceja blanca que se prolonga hasta la nuca. El pico es amarillento.

 

Esta ave habita bosques chaqueños, sabanas arboladas y bordes de selva. Es común en bosquecillos de acacia. Su voz, su canto, es inconfundible porque repite con insistencia durante horas e incluso de noche: “cres… pin” o “sé… sí”.  Canta desde el dosel, desde la copa más alta de los árboles. Es difícil descubrirlo ya que puede permanecer inmóvil por largo tiempo. Es solitario.

 

Cabe señalar que esta especie es parásita, pone uno o en ocasiones dos huevos blancos o azulados en el nido de otra especie. Los pichones del crespín salen del cascarón a los 15 días y remueven a las crías de la especie parasitada, así los padres adoptivos solo los alimentan a ellos. En caso de nidos cerrados, la hembra puede poner un huevo en la parte superior para acceder al mismo. Realiza las puestas entre octubre y enero, detalla en una descripción Uriel Colina, de Aves Argentinas.

 

LEYENDA. En distintos portales o libros de cuentos se puede encontrar la leyenda del crespín. Es una historia muy semejante a lo que aconteció con el caraú.

 

Dicen que Crespín tenía una hermosa mujer como esposa, que se amaban, pero ella sentía una afición incontrolable por el baile. Este fanatismo por la danza causaba varias peleas, tantas que finalmente un día desembocaron en el abandono de la mujer a su marido. Así ella podía bailar hasta el amanecer en cuanta bailanta se la invitara.

 

Cierta vez tuvo noticias de una grave enfermedad de Crespín. Respondiendo a su sincero amor, concurrió al rancho, donde encontró a su marido en estado delicado. Al verlo así, urgentemente salió a buscar el remedio indicado para curarlo. Sin embargo, en el camino, cerquita del pueblo, se encontró con un concurrido baile. Ella no pudo resistir sus ganas de danzar y se quedó hasta el final. Los vecinos se acercaban para advertir el mal estado de su esposo. Hasta que al final le dijeron que ya había muerto, a lo que ella contestó que había tiempo para llorar. Cuando volvió a su rancho, yacía muerto su esposo. Sin encontrar consuelo, se fue al bosque a expresar su dolor. Así se transformó en un solitario pájaro que vaga llamando incesantemente a su marido: Crespín… Crespín… Crespín…

 

CHAMAMÉ. Héctor Chávez hizo la música del tema “Tristeza del crespín”. Es de Concepción de la Sierra, Misiones. Comenzó su actividad musical muy joven, rodeado de su familia. A finales de la década del 40 viajó a Buenos Aires para buscar nuevos rumbos. Se fue abriendo paso hasta que se suma a la “Embajada Cartelera Correntina”, donde conoce a Paquito Ubeda. Pasó por distintas formaciones, incluyendo el conjunto de Mario del Tránsito Cocomarola. En la década del 60 forma el conjunto Ubeda-Chávez. Partes de esas grabaciones son rescatadas después por el Chango Spasiuk, entre otros.

 

El 7 de febrero de 1991 fue registrado en la Sociedad Argentina de Autores y Compositores (Sadaic) el tema “Tristeza del crespín”; compositores Héctor Néstor Chávez y Heraclio Pérez. Este tema ha sido grabado muchas veces. Una de las versiones más conocidas está en el disco de Héctor Chávez y Ada Azucena bajo el título “Identidad chamamecera”. La música pertenece a Chávez y aquí compartimos la letra de Heraclio Pérez.

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